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La Navidad huele a ti.

¿A qué huele la Navidad?
Huele a tu colonia
de nuevo en mi cuello,
a luces de colores y polvorón,
al cocido de la abuela
y el champagne de medianoche,
a mis quilos de maquillaje
y la ropa interior
de encaje rojo
olvidada en un cajón,
a tu pecho henchido de orgullo
y tus ojos tristes,
huele a cómo me mirabas
los labios
y cómo mirabas mal
mi gorrito rojo.

La Navidad huele a que te vas
y no vuelves,
a que te llevaste la magia
contigo
y apagabas las luces
a cada paso que dabas,
huele a que quieres volver
y aún así no lo haces,
huele a que
un año más
mis regalos son todos materiales
porque tu sonrisa
ya no viene más con lazo.

La Navidad huele a un adiós
y a la esperanza de
encontrarte
el año que viene,
a que me quites el gorro
y todas las prendas rojas,
a que vuelvas,
y quedarte
sea tu regalo.

25 de noviembre

Crónica de las injusticias que nos llevan a proclamarnos el veinticinco de noviembre, buscando más apoyo que un sencillo día de lucha, frente a trescientos sesenta y cuatro de olvido.
Te quise a golpes hasta amar cada moratón, te quise a gritos hasta amar cada lágrima, te quise a destiempo hasta amar cada despedida, te quise a ratos hasta amar cada pausa, te quise en casa hasta amar cada cerrojo, te quise en el hospital hasta amar cada venda, te quise en las mentiras hasta amar cada verdad, te quise a descubierto hasta amar cada máscara, te quise desde el principio hasta amar el final, te quise cuando eras mía hasta amarte cuando no eras tuya, te quise el día de la boda hasta amarte toda la noche, te quise, te quise tanto, y tú nunca quisiste quererme, hasta que tuve que amarte al destruirte, te quise en el funeral hasta amarte muerta.
Te quise siempre,
hasta amarte solo mía.

Arte.

Arte eras tú, tumbado sin más ropa que nuestros sueños, llenando de ceniza el colchón mientras yo me volvía cigarro sin miedo a ser colilla.
Arte era la expresión de tus ojos cuando te sonreías al separarnos y aún más al deshacerse la distancia cuando mirábamos sin necesidad de pupilas, viendo más que nunca.
Arte era escribirte en una hoja llena de manchas de café amargo como tus pasos hacia la mañana y mis desvelos pensando en atrapar(te), en coger la ola con las manos.
Arte fuiste hasta la última pincelada, en todos los tachones verbales y sentimentales, que descansan en el cenicero recordando el tiempo en el que arte, eras, no fuiste.

Caída.

Quién me iba a decir que acabaría rendida a tus pies, deseando que tus manos me alzaran. Pero lo único que recibo de tu persona, de tu maravillosa persona, es el polvo que levantan tus pies cuando caminas alejándote de mí.
Me caigo sin remedio, entre tus párpados y tu sonrisa de medio lado. Tropiezo en tu risa, resbalo con tus palabras, cayendo en el abismo de tus infinitos lunares y del deseo y la esperanza de encontrar un sentido a su unión, de dibujar cada orientación y redefinirla de nuevo.
Tal es la caída entre todas tus perspectivas                y mis sueños de compartirlas alguna noche reirlas alguna mañana o llorarlas alguna tarde mientras tomamos café y leemos entre páginas viejas,                sucias y marcadas, todas aquellas palabras que queremos decirlos pero que sólo nuestros ojos, (nuestros libros) se atreven a decir.                Caigo gustosa de caer en la esperanza de que sean tus besos los que me recojan a la salida de una estación de tren mientras l…

Mentiras.

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La historia de sus ojos era muy distinta a la de sus palabras.

Cuerpos como basura.

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Guardó las monedas en el bolsillo y, una noche más, soñó que se convertían en un techo.

Born to die.

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Colocó la muñeca frente al espejo y le pidió que le dijera qué veía. Ella no respondió, y la niña entendió que, a través de un rostro de porcelana, no encontraría la vida que buscaba.

Senil niñez.

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Cayendo estaba la niña, desde un columpio de regaliz. Toda una vida ahorrando deleite para construirlo, hasta que rompió bajo el peso de un alma vacía.

Suena, dolor, suena.

Eras como esa canción tan triste que intentaba componer, sentada sobre el colchón, con la guitarra apoyada en las piernas y el cigarro entre los labios. Apenas comenzaban unos acordes, los versos ya morían. Caías, como la ceniza, sobre mi piel. Y abrasabas. Sin embargo, yo dejaba que tu abrazo rodeara mis piernas y cubriera, de nuevo, todos y cada uno de mis moratones. Con quemaduras, pero los cubrían, y eran tuyas. Cualquier mínimo tacto de tu música hacía temblar mi espíritu que, aún somnoliento, trataba de recordar mientras los dedos sangraban contra las cuerdas, manchando la ceniza, el instrumento y el calcetín arrugado de la alfombra. No podía levantarme a limpiar el estropicio, mientras tu sonido no acabara de ordenar las piezas que, desperdigadas, danzaban en mi garganta a un ritmo incierto, de una música que no podía ser escuchada.

El dolor, a veces, tiene sonido.

Ahogada.

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Tenías los pies podridos, de tanto caminar sobre tu propio reguero de incertidumbres. Fríos y muertos, chapoteaban salpicándote de barro los tobillos, el bajo del vestido roído, tejido con bigotes de las musarañas que, a lo largo de los siglos, poblaban tus pestañas. El camino se había convertido en una sucesión ininterrumpible de pasos temblorosos, pues ahora las piernas se habían acostumbrado a sostener un montón de ilusiones, en vez de a un cuerpo. Las pocas fuerzas que quedaban, se escurrían desde tus ojos hasta el camino que seguías. Como un cadáver hacia su funeral, recorrías el sendero hacia el mar, buscando, en su horizonte, la promesa de un barco que volvería.

Pero que nunca regresó.

No termina aquí.

"No se termina aquí", parece que te grita la cuchilla cuando la arrojas al fondo de un cajón. En un principio te contentas pensando que no es más que un grito desesperado ante la certeza de su final, sonríes, cierras con fuerza el cajón y vuelves a lo tuyo. A tu "nueva vida". El problema son las comillas.

Pasa el día, y sonríes porque todo ha cambiado. Vuelves a ser feliz. Tienes gente que te quiere. Tienes un sueño por el que luchar. Tienes una pasión por la que vivir.

También tienes un monstruo en tu interior que no ha muerto, tan sólo permanece olvidado en el fondo de un cajón.

Es más fácil hacer como que lo olvidaste.

De hecho, es relativamente sencillo mirar al frente y darle la espalda a lo que en su momento fue. Pero esas garras que, tiempo atrás, te destrozaron a base de marcas, siguen arañando una superficie demasiado quebradiza.

Tu fortaleza, tu nueva vida, es como el hielo que se crea en invierno sobre los ríos. Casi consigues ocultar lo que hay debajo, pe…

Relativismo a distancia.

Tan cerca, tan lejos, apenas son centímetros o ascienden a kilómetros las llamas en este alma dormida, en cada esquina de la caja de Pandora.
Tan cerca, tan lejos, renegó el portador y la llave descansa perdida, en alguna esquina del ataúd del maniquí.
Tan cerca, casi nos quemamos, tan lejos, guardamos la condena y la salvación.
Nos helamos.
Presta, dormida, o tan sólo olvidada, en el paso del tiempo alrededor de la pausa.
Tan cerca, la libertad, tan lejos, alcanzarla.

La libertad, como las palabras, se las lleva el viento.

Libertad ante tus ojos, sobre el viento, cayendo con la lluvia, bailando alrededor del sol. Todo transcurre ante tus ojos lentamente. Si los cierras, escuchas su llamada, salvaje, feroz. Tentadora. Salivas y te pasas la lengua por los colmillos, relames el gusto de algo que jamás has probado y cuyas mieles, aún así, puedes probar. Te acercas un par de pasos e inspiras.
La jaula no es real. Podrías deshacer los barrotes con sólo un exhalo, pero prefieres tragar el aire, secarte la garganta y volver a humedecerte los ojos. Todo porque te has acostumbrado a la mano que te alimenta y te acaricia prometiéndote que, algún día, te dejará salir al exterior.
Tal vez algún día escapes.
O tal vez mueras antes.

Inmóvil sobre la noria.

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Caminando por una carretera gris, bajo la lluvia, silenciosa. El viento te azota el cabello, llega puntos en los que te hace daño. Igual que los pies descalzos sobre el asfalto, cada vez que pisan una piedra de gravilla, un pinchazo. Te detienes, observas la herida, coges la piedra y la guardas en un bolsillo.

Continuas.

Al final del camino, hay un viejo parque de atracciones. Está obsoleto, cubierto de un polvo mil veces limpiado por el temporal. Rancio a pesar de todas las renovaciones continuas a las que se somete. Atraviesas el umbral, y no hay nadie. No te piden que cojas entrada, no te piden que vayas a la salida. Nadie te observa, nadie te reclama, nadie nota tu presencia lo suficiente como para resultarle molesta.

Buscas una atracción. Al principio te fijas en las nuevas, pero, como siempre, acabas en la noria. Te sientas, pues la barra está alzada, y te quedas en total quietud, mientras el viento te mece hacia delante y atrás, como tus pasos para alcanzar el lugar. 

Suena un…

Presentación.

¡Buenas! Para empezar este blog, creo que lo mejor que puedo hacer es presentarme. No voy a decir mucho sobre mí, pero, si sigues mis entradas, probablemente acabes conociéndome mejor de lo que yo misma me conozco. Mis palabras, mis textos, son la mejor descripción que puedo otorgarte de mi persona y cómo realmente me siento. Esta es una pequeña antología de esos papeles mojados que he rescatado de aquí y allá, navegando por mi mente.

Un saludo, con cierto cariño.